A mí no me gusta nada viajar. (...) Hasta el siglo XIX, cuando uno sólo conocía París o El Cairo por las novelas y la pintura, se podía viajar para ver cómo eran los sitios y saber qué había allí. Ahora ya no: ahora ya se viaja sólo para comprobar que lo que hemos visto en la pantalla está en su sitio. Viajamos con una check-list, con todo lo que hay que ver anotado (y con una idea previa de cómo es), y nos limitamos a verificar que no se ha movido de sitio y que es igual que en la tele.
A veces me pregunto cuál sería la sensación de un viajero antiguo al ver, por primera vez, una pirámide, una selva o las cataratas del Niágara. Hoy eso ya es imposible: de todo tenemos una imagen previa grabada en la retina. Viajamos para reconocer, no para conocer. Como mucho, percibimos la diferencia entre lo vivo y lo televisado: qué pequeñitas son las pirámides, qué mal huele Versalles, qué sucio está el Empire State Building. La idea con la que ya salimos de casa nos impide mirar: sólo vemos lo que íbamos a ver.
¿Qué hacer? ¿Cómo aprender a ver algo inesperado? ¿Cómo dejarse sorprender? Mi consejo es ir diez días seguidos, como mínimo, a un solo sitio; y que sea algún lugar del que nada sabemos, donde no haya nada que ver ni deberes que cumplir, un sitio del que ni siquiera tengamos una imagen previa. En mi caso, por ejemplo, diez días en Marsella, Glasgow o Reikiavik. Sólo para ver qué hay, no para comprobar que, en efecto, la torre Eiffel está en París. ¿Que voy y no hay nada? Pues mejor: si no eres capaz de aburrirte y perder el tiempo en una ciudad es que no la conoces.
A veces me pregunto cuál sería la sensación de un viajero antiguo al ver, por primera vez, una pirámide, una selva o las cataratas del Niágara. Hoy eso ya es imposible: de todo tenemos una imagen previa grabada en la retina. Viajamos para reconocer, no para conocer. Como mucho, percibimos la diferencia entre lo vivo y lo televisado: qué pequeñitas son las pirámides, qué mal huele Versalles, qué sucio está el Empire State Building. La idea con la que ya salimos de casa nos impide mirar: sólo vemos lo que íbamos a ver.
¿Qué hacer? ¿Cómo aprender a ver algo inesperado? ¿Cómo dejarse sorprender? Mi consejo es ir diez días seguidos, como mínimo, a un solo sitio; y que sea algún lugar del que nada sabemos, donde no haya nada que ver ni deberes que cumplir, un sitio del que ni siquiera tengamos una imagen previa. En mi caso, por ejemplo, diez días en Marsella, Glasgow o Reikiavik. Sólo para ver qué hay, no para comprobar que, en efecto, la torre Eiffel está en París. ¿Que voy y no hay nada? Pues mejor: si no eres capaz de aburrirte y perder el tiempo en una ciudad es que no la conoces.
P.d.- Qui sap si té raó, o només són ganes d'amargar-nos les vacances.
